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Juan Carlos Cid, profesor:
"LOS PARROQUIANOS DEL CINZANO SOMOS COMO UNA FAMILIA"
"Mi patria es Valparaíso, soy anarquista, del Cinzano y del Wanderers". Con esta verdadera "declaración de principios" se autodefine Juan Carlos Cid Villalobos, cliente habitual del Bar Cinzano.
El dolor que le provocó su crisis matrimonial, y posterior separación, llevó al profesor de Historia y Geografía de la PUCV a “enamorarse” del Cinzano, hace ya dos años. En el 2001, innumerables fueron las noches que visitó el lugar, paliando su pena con boleros y tango, y amena conversación.
Aunque tiene casi 39 años, su apariencia -moreno, crespo, estatura mediana, flaco y algo desgarbado- es más bien la de un veinteañero. Nadie sospecharía que su único hijo –fruto de una relación que tuvo durante su época universitaria, y residente en Estados Unidos-, ya tiene 17 años, 15 de los cuales no se han visto.
Por intermedio de un amigo pudo conocer el aire y ambiente melancólico de este bar, "refugio de almas tristes", como él mismo dice, cuyo personal y clientes lo han acompañado y apoyado desde entonces.
"Aquí encontré lo que andaba buscando: la experiencia de gente un poco mayor que yo, también de compañeros tristes, separados, que tenían que hacerse de un espacio. Este lugar ha pasado a ser muy querido para mí, precisamente porque se me ha brindado una acogida formidable, sobre todo para mis pesares", cuenta. Hoy, sin embargo, se teje otra historia, pues Juan Carlos está en pleno proceso de armar un nuevo hogar, con su actual pareja.
La conversación con los compañeros de barra y la amistad de don Rodolfo (garzón) y de don Luis (acordeonista), es lo que más valora Juan Carlos del Cinzano. En ellos, según él, logra fusionar y personificar al hombre del pueblo, sacrificado y esforzado, que es don Rodolfo, con el hombre artista, un tanto nostálgico y fuera de los circuitos de la fama y el dinero, que es don Luis. "Y, obviamente, cuando don Manuel Fuentealba, que me conoce tanto, canta los tangos que yo le pido", agrega.
Además, la profunda admiración que siente este porteño, desde pequeño, por el tango -heredada de su madre-, lo hizo volver una y otra vez al Cinzano. "Es como recordar, un poco, lo que era la vieja bohemia porteña, rescatar las descripciones imaginarias que brotaban de los libros de Manuel Rojas, Salvador Reyes y Carlos León", dice, inspirado.
¿El Cinzano y sus clientes son como una familia? Por cierto. Porque de allí emergen los datos. "Profesor: pasó tal persona, preguntó por usted y le dije que podía estar en tal parte", "Profesor, viene mañana Carlos", "Profesor, estuvo preguntando por usted tal persona. Le di su celular" o "Se va a celebrar el día de Los que pasaron agosto"; ese tipo de cosas. Aquí, también, uno destila o disemina sus planteamientos ideológicos, sus conflictos sentimentales; sus planteamientos societales, en definitiva.
¿Cuál es, según tú, el sello característico del Cinzano? Es un lugar que brinda un espacio a la nostalgia eterna del tango y al machismo triunfador del bolero -tú sabes que en el bolero (siempre) el que vence es el hombre: "te vas, porque yo quiero que te vayas; a la hora en que yo quiera te detengo". Y, por otra parte, el Cinzano es un proyecto añoso, cultural y, por sobre todas las cosas, afectivo, que uno desea que nunca perezca.
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